Otras cosas

Poder contar cosas nuevas, interesantes y apasionantes, que sorprendan, si cabe, toda una forma de pensar cuando se habla de los rumanos de España es lo quiero desde hace tiempo. No querría ni podría contar historias que lleven del todo la contraria de lo que es la realidad de esta comunidad de extranjeros en España. Pero desde que vine a España quise escribir, tanto para el público rumano como para el español, otras cosas: cosas diferentes, originales, sobrecogedoras sobre las personas, mis compatriotas, que conocí en España a lo largo de los años.

Talvez tendría que empezar con un ejercicio de imaginación y el momento en el que los cronistas de aquí a dos siglos, bajo el amparo de la lucidez que otorga el paso del tiempo, identificarían una secular historia compenetrada entre los dos países y los dos pueblos. A primera vista, el pistoletazo de salida se dió en nuestro contemporáneo siglo 21, cuando muchos rumanos decidieron buscarse la vida en España. Es el momento más visible en el mapa del tiempo que cartografía los lazos entre los dos puntos del continente, del este al oeste.

Cuando uno emprende un tal proyecto, hay pocos casos en los que sabe, sin reparos ni miramientos, exactamente qué es lo que va hacer, donde va a quedarse, en qué va a trabajar, como va a sobrevivir. Hay muchas desconocidas, mucho ánimo y mucha valentía; también mucha desesperación. Lo que sí muchos rumanos tuvieron claro al acometer la aventura de la emigración y un nuevo proyecto de vida fue que no iban a quedarse en España. El plan era trabajar un tiempo para ahorrar dinero, para levantar una casa en Rumanía, para pagar algunas deudas o para montarse un negocio ahí. El plan cambió un poco cuando vinieron los hijos, porque el tiempo se les hacía largo y España ofrecía en aquel entonces tantas, pero tantas oportunidades que tardaban en llegar en Rumanía. Finalmente, lo que quedaba de las intenciones iniciales se vió trastoranado cuando aparecieron los contratos de propiedad, las hipotecas y los préstamos para toda la vida.

Es así como se está dibujando esta historia en el presente, aunque haya también un tiempo pasado y seguro que en este mismo momento se está vislumbrando un futuro.

Desde el punto de vista científico, habría muchas cosas que decir sobre la comunidad de los rumanos en España, empezando por esta cierta eleccíon de los terminos para caracterizar a un grupo de personas que comparten etnia y nacionalidad, lengua, una cultura, la historia y recientemente, un proyecto de vida en un otro país, y nunca acabando con los estudios sociológicos, censos y análisis de impacto demográfico, investigaciónes y divulgaciones académicas.

Al querer cambiar un poco la mirada, podría enfocar mi historia de otras cosas en las caractéristicas de una emigración singular en la historia de un solo continente. Quince años no es mucho tiempo, pero durante éstos, España ha llegado a contar alrededor de un millión de rumanos. En la mayoría de los casos motivada por razones meramente económicas (falta de oportunidades en Rumanía), su emigración resulta al menos peculiar para la historia de Europa, si uno piensa tan sólo en los números: de los aproximádamente 500 milliones de habitantes europeos, casi un millión de rumanos han dejado su país de alrededor de 20 milliones de habitantes para buscarse una vida mejor en un país con otros 47 milliones.

Una perspectiva aún más puntual sería un tema que me apasiona y que pienso merecedor de una mirada analítica, en un proyecto académico personal: la prensa rumana de España como instrumento de observación para la formación y evolución de una identidad cultural emigrante.

Desde que he empezado a escribir mis artículos, noticias y reportajes sobre los rumanos de España, siempre supe que el tema se merecería un doble enfoque: uno para la misma Rumanía, donde se había llegado a asociar de manera muy superficial a España con el destino de tantos rumanos que ahí se habían ido a trabajar, y un otro, para los españoles que empezaban a conocer la realidad de una inmigración tan diferente a lo que talvéz conocían. Podría ponerme a escribir páginas y páginas sobre la vida de los rumanos de España, sobre las dificultades y los problemas, sobre las alegrías y las iniciativas, las fiestas y las tradiciones, sobre integración y adaptación a una otra vida, sobre el tiempo que se escurre aquí, sobre evoluciones, identidad o la vertebración de una comunidad, sobre lacras y apariencia.

Más allá de las noticias, que muchas veces tuvieron que ser puntuales y concretas, siempre quise redactar y documentar una historia de los rumanos de aquí: una donde quepa todo, una formada por decenas de pequeños relatos. Sólamente así podría encuadrar en el espejo del tiempo la realidad de la gente que conocí a lo largo de estos últimos años. Sólamente una tal historia puede contar con la fuerza del ejemplo de primera mano, necesaria para una crónica realista y desapasionada de la vida de los rumanos de España.

Estoy pensando que tendría tantas historias que contar cuantos rumanos viven ahora aquí. Hay rumanos que luchan cada día; algunos han conseguido montar sus propios negocios o trabajan duramente; otros han elegido renunciar a la ciudadanía rumana a favor de la nacionalidad española; algunos rumanos presumen de ser líderes de la comunidad; hay otros que pretenden ser artistas creadores colmados de inspiración; hay rumanos que tuvieron que vivir tragedias y experimentar dolor; otros que disfrutaron de más suerte de lo que uno puede esperar de la aventura de la emigración. He conocido rumanos que se han vuelto mejores personas, mas tolerantes; otros que han descubierto nuevos talentos y sensibilidades; rumanos que se han acostumbrado al sol mediterráneo y otros que siguen echando de menos el frío de mil diablos de Rumanía, el vino caliente o los platos típicos. He hablado con investigadores rumanos, con abogados y empresarios, con médicos y músicos, con artistas recononcidos y profesores, con traductores e intérpretes, con escritores que publican sus obras en castellano. He visto amistades trabadas por la mera casualidad, como he conocido desafectos, enfrentamientos y palabras feas dentro de la comunidad.

Creo que podría presumir de toda una colección de historias singulares de los rumanos de España. Me encontraba en un pueblo de Aragón cuando me dijeron que el rumano núnca se vino a España para vivir bien, sino sólamente para sobrevivir y ahorrar dinero que probablemente iba a enviar a Rumanía. En Castellón escuché por primera vez hablándose de la “colonia de los rumanos” y como toda la región se había convertido en tierra rumana en los años anteriores a la crisis. En Madrid y en las ciudades madrileñas se me abrieron las puertas de las casas de los rumanos que miraban las emisoras de Rumanía y escuchaban sobre todo las notocias de casa. Bajo el cielo blanco de Andalucía me he enterado de los rumanos que vivían de temporada en temporada, que dormían en el campo y se despertaban por la mañana para seguir adelante, en búsqueda de algún coche que los lleve a la siguiente finca, donde habría algo que cosechar. He escuchado historias de como el terrorismo ha estremecido a los rumanos de España; me he enterado de vidas de mujeres, partidas por demasiada confianza, ignorancia y una brutal forma de esclavitud del siglo 21. He hablado rumano en una pequeña ciudad de los Pirineos y en la remota Galicia; fue un rumano quien me abrió las puertas de una bodega que atraviesa todo Aranjuez, de un lado al otro; un otro me recomendó un vino blanco y fresco en la ciudad medieval de Morella. Supe que el único lugar donde concurren muchos rumanos es la iglesia; he visto lo poco y puntual que significan el voto y la participación ciudadana para ellos; he leído sus periódicos y sus libros, y he seguido sus eventos culturales. He sido la testigo de como se lacra toda una comunidad a partir de unas declaraciones políticas sin peso o de una realidad parcial y generalizadora, injustamente asociada a todos los deméritos de las sociedades modernas. Investigadores me han compartido sus vivencias migratorias; escritores me han confesado donde se sitúan en relación a los dos idiomas en los que viven, piensan y escriben; artistas y docentes me han hablado de su identidad de inmigrantes, de la añoranza a las tierras de nacimiento, donde está la Rumanía del recuerdo o qué significa la decisión de emigrar, qué parte es desarraigo y qué parte es alegría de conocer otra cultura, vivir en ella y entregarse a ella.

Parte de la historia es también la grata sorpresa de conocer a inéditos amigos de Rumanía, amantes de su literatura, admiradores de su historia, conocedores de su idioma, visitantes constantes de sus bellezas y riquezas geográficas. Son los españoles a los que les gusta hablar rumano, que han decidido tomar clases de lengua después de haberse hecho con algún amigo rumano, que tienen interés por los escritores rumanos luego de haber tenido alguna conversación apasionada sobre sus filósofos del mundo, compartidos ya con otras nacionalidades; españoles a los que les emocionan las películas de la nueva ola cinematógrafica de los directores rumanos, que sienten y notan un fondo común latino en la manera de ser y la naturaleza de las tesituras; incluso algunos que van más allá y observan dos pueblos, de dos lados diferentes del continente, a los que las travesuras de la historia les han hecho compartir muchas experiencias similares, desde la de la dictadura hasta la de la emigración económica.

Hay españoles a los que no les es ajena ni la historia común que empezaba ya hace muchísimos siglos, cuando un emperador romano, el sevillano Trajano, dirigía su mirada de propósito invasor y conquistador hacía unas tierras que hoy en día solas guardan el nombre del imperio. Las ataduras culturales entre los dos pueblos y países cuentan una historia también al revés: hay huellas del paso de los rumanos por España que remontan al principio del siglo pasado, a través de revistas y periódicos rumanos, libros en rumano guardados en la Biblioteca Nacional de España, algunas verdaderas hoyas culturales e históricas.

Todos estos relatos cuentan una historia más amplia y ambiciosa – interminable. Cualquier ocurrencia migratoria, vista a través de sus efectos demográficos a largo plazo en un país u otro, y sobre todo en el mismo continente, no acaba con el análisis clínico de los estudios sociológicos, con datos estatísticos o las tendencias a preveer, sino continúa sin horizonte y sin fecha limite, a través de las personas y sus historias. Sencillamente, en la actualidad hay muchos lugares de España donde las personas hablan rumano. Mientras ésta sea la realidad, la historia sigue adelante: sólamente hace falta mirar alrededor, ver y escuchar.

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