En el país del primer emigrante

Siempre supe que soy una nefelibata. Siempre me he encontrado soñando con los ojos abiertos, comparando las situaciones y las historias de los libros con las de la realidad y a veces también viviéndolas como tales. Asimismo, pienso que siempre supe como acotar a la realidad, guardar proporción y no dejarme llevar del todo por estos ensueños y nubes de la imaginación.  Por lo tanto, puedo mantener que algunas de las imágenes de las historias y de los libros que guardo en mi mente son mucho más conmovedoras que las palabras que las puedan forjar.

Érase un domingo de verano, el 25 de julio del 2010. Había salido con unos amigos y luego de pedir unas tapas a un euro en el Mercado de Sán Miguel, habíamos empezado a comérnoslas en silencio, en las escaleras de en frente. De repente, escuchamos un ruido de tambores y una melodía muy específica de un instrumento que llamo oboe, pero que es la gaita para los gallegos. Siguió el paso de una procesión de gente de ropa de colores morado y amarillo, que llevaban un carro con la escultura de un santo. Justo antes de preguntarme de viva voz qué era, me di cuenta que el 25 de julio es siempre el santo protector de España y el día de Galicia. La red del Camino de Santiago, la peregrinación que se formó en la época medieval y hoy en día es una joya inmaterial de la cultura europea, la peculiar frecuencia del año santo jacobeo, celebrado siempre y cuando el día del apóstol es además un domingo, día santo, la misteriosa Catedral de Santiago de Compostela y precisamente la historia despojada del sentido religioso, la del apóstol que iba huir de Jerusalén para entregarse al deber de sembrar la fe y contar su historia en las tierras más fabulosas de las que se conocían en el amanecer de la propagación del amor al próximo, hasta el límite hespérido del continente.

el emigrante

Al seguir el paso de la procesión, rememoraba así la historia del apóstol nómada, emigrante, sin país. Al alba del tiempo y de la cronología del continente europeo, Santiago empezaba a escribir sin saberlo la historia perrennal del emigrante, de todos los europeos que iban a atreverse alguna vez a dejar sus tierras atrás, en búsqueda de una vida mejor, por curiosidad, por aventura, por menester. Una de las muchas travesuras de la historia es este ejemplo avant la lettre del emigrante cero, a partir del cual empezó todo: llegado desde lejos en unas tierras que iban a ser las de uno de los países europeos donde se define la emigración.

Hoy en día le llamarían misionero, pero en estos tiempos de cuento, él no era más que un hombre sin país que había dejado sus tierras, guiado y atraído por su deber, pero también huyendo de amenzas. Los rumanos que dejaron sus casas unos 20 siglos más tarde tampoco lo hicieron por lo bien que les iba en sus tierras, y tampoco sabían como llevar el peso de ser emigrantes. Una metáfora ayudaría más: los emigrantes son personas que se llevan algo de sus orígenes, de su casa – llamémoslo un fondo cultural, un pasado común – y se lo traen en otros lugares, en algunos complétamente foráneos. Lo que se han llevado, lo cuentan ahí y lo comparten con los que encuentran y están dispuestos a escucharles. Es una forma muy nefelibata de ver las cosas y talvez ésta misma ignora otras caras de la emigración, pero no son pocos los que piensan que no fue por casualidad que la tumba del apóstol fue descubierta en el lugar donde hoy se alza la Catedral. Ahí yace el apóstol emigrante, el que está trayendo a los emigrantes en su patria común, en la España del presente, en un país de inmigrantes, donde los foráneos han conseguido erguir comunidades, construir casas, tender puentes y fundar vidas.

En aquellos tiempos de antaño, la red de caminos había sido construida y protegida por los reyes, los legisladores y los gobernantes, por razones políticas. A los peregrinos sí que los guiaban las estrellas y la fe, pero fueron los políticos de aquel entonces quienes erguieron iglesias y clausuras, dieron dinero a los conventos y dejaron de percibir tasas a los peregrinos: toda una estrategia de conquista e unidad en los reinos medievales.

Todavía estoy esperando a la perfecta oportunidad para recorrer al menos una parte del Camino de Santiago. Suelen decir que el camino favorece la meditación, ayuda a clarear los pensamientos, descubrir el cielo por encima de un paisaje de ensueño y respirar un aire fresco y sano.  Los más corajudos y hechizados por la historia del apóstol mantienen que fue así como se alzó toda una civilización, la de Europa Occidental: a lo largo de un camino tanto físico como simbólico, pero que recorre el continente y a través del cual el viajero tiene la oportunidad de ver tantas cosas, de conocer tanta gente diferente y que acaba sin duda alguna en un lugar santo. Todos no buscan imperiosamente la fe, el carácter santo del lugar, ni siquiera el olor a incienso. Algunos llegan al cabo de un camino que guarda la reliquias de un muerto, pero de tiempos remotos en los que toda la humanidad creía que el milagro era posible.

Hoy en día ni siquiera yo me creo los milagros. No obstante, he aprendido a pensar muchas cosas sencillas de la vida como milagros.

Todo ésto lo forjó sin intención el primer emigrante, el primer peregrino de ropa pobre y de pies desnudos, un errante encaminado por las estrellas. Santiago está considerado un símbolo de la solidaridad, de la meditación y el diálogo, del entendimiento en un país donde a los inmigrantes se los recibe generalmente bien. Santiago es el santo destinado a alumbrar el mundo con su fe, su sabiduría, su diferencia y su camino – el que lleva al fin del mundo. Pienso con todas mis fuerzas que no fue casualidad que este camino acabe aquí, ni que España reciba tantos inmigrantes – ni siquiera que yo me encuentre ahora aquí para contarlo.

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