¿Os parece medianamente bien si nos ponemos a hacer periodismo con decencia?

Sería una cuestión de dignidad; y respeto; y respeto a la dignidad. Porque lo que está ocurriendo está muy lejos de ello. Y justo en una profesión que se supone que tendría que estar en la vanguardia de la defensa de la igualdad de oportunidades y tratamiento de las personas. Podría seguir con grandes frases más aún: el periodista no nace, sino se hace; el periodista no solamente tiene principios éticos, sino que tiene que salir a su defensa; el periodismo es arte; el periodista es un creador; el periodismo debería de ser servicio público. O bien podría contaros qué es lo que ha pasado.

Prólogo. Un hombre de origen español está en búsqueda y captura como sospechoso por haber matado en Cuenca. La policía de Rumanía lo detiene en el oeste del país. La policia española agradece la colaboración. La justicia de España pide la extradición del sospechoso. A día de hoy, se espera la decisión. De ésto va. En el mismito momento en el que el sospechoso vuelve a España para que se le juzgue aquí, se apaga YA el interés mediático para Rumanía, la información de Rumanía, la justicia de Rumanía, las leyes de Rumanía, los periodistas de Rumanía.

Primer acto. Agosto. Delicioso día de verano. Estoy de vacaciones en mi país – ya sabéis, sol, descanso, salidas, cañas, libros, sueño, lejos del teléfono e internet – y de repente tengo varias llamadas perdidas de un número de España, de éstos de 15 cifras. Antes de que cunda el pánico, llaman otra vez y contesto. Esta conversación no es nada ficticia. Cualquier similitud con otras ocurrencias con periodistas que ingenuamente piden ayuda fraternal, gratuita e incondicional – es decir, hacerles el trabajo como un mero favor personal – no constituyen ninguna coincidencia.

– Holaaaa, soy J**di de T*l*cin*o (nunca nos conocimos). ¿Te pillo mal?

– De hecho, sí. Estoy de vacaciones.

– Pues entonces, te cuento en un minuto. Estamos buscando más información sobre el asesino detenido en Rumanía. Querríamos hablar con alguien de la policía rumana. ¿Sabes cómo podríamos hacerlo? Es que nosotros no hablamos vuestro idioma…

– Hay una oficina de la policía de Rumanía que funciona dentro de la Embajada de Rumanía en Madrid, con varios agregados. Seguro que os pueden ayudar. Hablan muy bien vuestro idioma y sus datos de contacto están publicados en la página web de la Embajada. Como comprenderás, al estar de vacaciones, no llevo conmigo mi agenda con contactos profesionales.

– Aja. Sí, claro. El número de teléfono de la Embajada no te lo podrás recordar ni de coña, verdad?

O sea que: al becario que habrá llamado no le dió para nada que un favor periodístico, de profesional a profesional, se limita a ayudar a buscar un contacto difícil de encontrar, a dar un aviso u opinión, incluso en algunos casos a sugerir alguna fuente oficial… y NO hacer el trabajo mismo de documentación en el terreno, solamente porque al editor, productor o presentador del programa se le ocurrió que podría encontrar a un corresponsal rumano afincado de España que les haga el curro incondicionalmente, voluntariamente y gratuitamente, porque es que sabes… „nosotros no hablamos vuestro idioma”, en vez de pagarle la colaboración periodística. Pues ésto hubiera sido respetar a la persona que es también periodista y a la que se le estaba pidiendo el favor. Esto, desde el respeto. Y además, hubiera significado dignificar una profesión que compartimos, pero que desafortunadamente ya no goza de la confianza ciudadana, que se está yendo hacia lo comercial como una mercancía, que se está incluso sometiendo a otros intereses que los públicos. También a causa de algunos de los que la ejercen de esta forma. Sin dignidad, sin respeto.

Acto segundo. Esta vez ya de vuelta a España, de vuelta al trabajo.

– Holaaaa, Ruxandra, ¿cómo estás? Te llamo de *nt*n*3 televisión. ¿Espero que no te importa que te voy a tutear, Ruxandra, porque he visto una foto tuya y además de muy guapa, eres también muy jovén.

– Hola. Sí, dígame.

– Pues mira, Ruxandra, estamos siguiendo la situación de Sergio Morate, el presunto asesino de Cuenca y querríamos invitarte a comentar el asunto, para tener así la perspectiva de una mujer.

– No creo que sea buena idea. Llevo unos meses apartada del ejercicio de la profesión porque estoy redactando mi tesis doctoral. Ya no estoy siguiendo toda la actualidad al día…

– Pero seguro que conoces las leyes rumanas, conoces tu país y seguro que podrías aportar información y perspectiva al asunto, tendrías idea de como funcionan las cosas en Rumanía, podrías seguir lo que transmite la prensa de ahí con todo lo que pasa en este caso y…

– Pues no tanto. Conozco la legislación rumana, pero no soy especialista en asuntos penales. Y además, he trabajado muchos años como corresponsal de prensa extranjera, con lo cual tengo muchos más conocimientos de asuntos exteriores y en concreto, de temas de la actualidad española. Más aún, como te imaginarás, éste no es un tema de interés central en Rumanía, no sale en las portadas de los periódicos, no da titulares en los telediarios. Sería muy difícil seguirlo desde aquí.

– Pero seguro que tendrías algún compañero tuyo que pueda tener información… ¿talvez alguno que hable español?

– Como te lo comenté, al tratar asuntos de política exterior, no tengo contactos entre los periodistas locales de Rumanía, y no sé quién hablará español. Podrías intentar buscar algun corresponsal español en Rumanía. Por ejemplo, el de la agencia española de noticias vive en Bucarest, habla también rumano…

– Aja. ¿Y no tendrás su número de telefóno?

– No, pero claro, supongo que sería bastante fácil encontarlo…

– Claro, llamando a la agencia… Bueno, pues muchas gracias, Ruxandra.

Y cuelga sin esperar mi respuesta amable que sí se la hubiera dado para mantener las formas de respeto al menos.

No soy quién para decirles a los periodistas televisivos españoles como hacer su trabajo, pero… Las formas podrían haber sido diferentes y toda esta conversación estrafalaria podría haberse reducido a lo siguiente, desde la dignidad y el respeto para una compañera periodista para la cual la profesión significa también un trabajo remunerado, más allá de la pasión, el talento y el placer de trabajar. Vamos, el mismo significado que tienen el trabajo y el tiempo para cada uno de nosotros que no ha nacido rico ni heredero de fortunas o imperios y que sí tiene que y quiere trabajar. “Mira, Ruxandra, necesitamos información de Rumanía. ¿Qué te parece una colaboración con nuestro programa? Te ofrecemos éso y aquello y de ti queremos ésto, en tales condiciones”. Esto hubiera significado además venir de entrada con los objetivos fijos y con apertura y honestidad sobre como alcanzarlos. Desde el respeto de la dignidad.

Talvez en un mundo un poco mejor, ésto sí hubiera ocurrido. En cambio, en éste terrenal en el que tratamos de convivir y sobrevivir, la realidad de los hechos nos asombra y se suele aceptar con explicaciones y justificaciones sobre la naturaleza humana, la situación económica y ni tan siquiera intentando asumirlo todo o tratar de hacerlo un poco mejor.

Epílogo. A mí se me suele tomar por idealista, ingenua y éso de… nefelibata. NO, es que NO. NO soy de repente especialista en leyes rumanas, NO quiero buscar información sobre delincuentes españoles detenidos en Rumanía solamente porque la necesitan periodistas españoles para satisfacer a su público y cobrar por ello, NO tengo intención de presumir de mis contactos profesionales de mi país para hacer favores a televisiones españoles que quieren cubrir un tema sin tener que pagar a profesionales, NO me gusta sentirme engañada con la invitación en un programa televisivo en vez de recibir una verdadera propuesta de colaboración periodística. Y en general NO molan para nada los periodistas españoles a los que en años y años de trabajo una al lado de los otros nunca les interesaron mis conocimientos, contactos y capacidades para comentar asuntos de política externa de Rumanía, alguna película rumana, alguna novela contemporánea de mi país, ni tan siquiera la existencia de los rumanos de España. No, para ésto ya tenían profesionales a los que sí valía la pena pagar.

NO, es que NO. Me niego a aceptar que un poco de decencia, que por cierto, no se aprende ni se enseña, un trocito de respeto al ser humano y una gota de dignidad (voy a repetir estas palabras hasta la saciedad) significan idealismo y me niego a asumir esta realidad. Y además pienso que esta misma negación es un paso adelante para hacer ese mundo un poco mejor.

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