El TOC del inglés o cómo ponerse con para luego dejar un idioma

Al principio, el inglés es necesidad; y como tal necesidad, se asume como un proceso a corto plazo, que además requiere esfuerzos y sacrificios. En seguida se transforma en obsesión: se aprende sólo con nativos – profesores o no; de hecho, da igual mientras sean nativos – y si posible, con métodos prodigiosos que prometan un éxito rápido. Finalmente, la necesidad que lleva a la obsesión se convierte en compulsión. Y no de la buena. Se respeta a rajatabla la receta del trastorno.

En un país que ya tiene un idioma internacional que se puede escuchar en cualquier rincón del mundo y que por circunstancias y oportunidades históricas ya tiene asegurado su lugar dentro del patrimonio cultural universal, el bilingüismo se ha convertido – tristemente – en una obsesión que empieza a dejar de ser la ventaja que debería de abrir mentes y perspectivas, de tender puentes y compartir creencias y pensamientos.

“Ahora mismo quiero aprender inglés para sacarme el certificado; después voy a aprenderlo sin presión, por goce, con libros, canciones, pelis y series”.

“Eso de los exámenes oficiales es un timo; nos están engañando, son demasiado difíciles, no se corresponden al nivel”.

“Quiero ponerme ya con el inglés. Es que lo cogí y luego lo dejé por cosas del trabajo. Aunque lo tenga más oxidado, ya que llevo tiempo sin usarlo, tengo nivel avanzado y quiero un grupo de mi nivel”.

“Los exámenes oficiales sólo están para sacarse el título; aunque no me lo saque, esto no quiere decir que no tengo el nivel avanzado”.

Cuando se escuchan estas palabras por primera vez en la vida real, una piensa que todo forma parte del trabajo: como profesora, hay que trabajar estas sensaciones e ideas también. A los alumnos hay que hacerles ver que un idioma no se coge ni se deja, sino que es para toda la vida. Claro, es un encanto cualquiera que lo tiene asumido antes de entrar en clase. No obstante, hay satisfacción en conseguir y medir expectativas, plazos, nivel de entrega y finalmente, resultados.

Lo que sucede es que, al pasar tiempo con los alumnos, en el aula, una empieza a conocer estas expectativas y sensaciones desde cerca. Demasiado cerca, muchas veces. Y ocurre lo mismo: la primera vez, se ve gente muy bien preparada, con grados y másteres, que quiere un título para poder trabajar en un colegio bilingüe y dar asignaturas de ciencias, humanidades o ciencias sociales en inglés. La cosa va en serio. Hay que trabajar destrezas específicas de cada alumno, mezclar recursos y métodos, actividades y prácticas: se van asentando y profundizando conocimientos, capacidades y habilidades de reacción en contexos bilingües. Eso sí: tal y como se les requiere en los exámenes oficiales.

Al mes, dejan de venir a clase. A los dos meses: “es que voy demasiado lento; tengo que sacarme el título ya”. A los tres meses empiezan las quejas: “no hacemos suficiente práctica; ¿no hay más tests y exámenes? es que cuando me saqué el permiso de conducir hacía como tres tests a la semana”.

En el momento en el que un idioma pasa de ser una necesidad a convertirse en una obsesión para sacar un título para conseguir un mejor trabajo para asegurarse vacaciones de 40 días al año y dos pagas extras en el sistema público para tener la vida arreglada, el trastorno requiere un espejo inmenso y de alta resolución en el que reflejarse y notársele todas las arrugas y cicatrices dejadas por lo que empezó como un trauma.

El idioma deja de tender puentes y vuelve a ser un trauma cuando los niños que detestaban el inglés porque los profes de dos generaciones atrás les forzaban a copiar tiempos verbales y reglas gramaticales en los exámenes se convierten en maestros que han aprendido el inglés como necesidad detestada e imparten asignaturas necesarias con nociones defectuosas, en un idioma que les quita a los niños de hoy el orgullo y goce de haber nacido en una cultura regida por un idioma universal.

El inglés es triste obsesión cuando sólo se aprende como las reglas de tráfico para sacar un título. El inglés es deprimente complusión cuando una vez sacado el título y conseguido el puesto, el profesor bilingüe pone su granito de arena en la educación sistémica de niños que empiezan a hablar de matemáticas en inglés sin saber lo que es una fórmula en español.

Las circunstancias de una crisis económica que ha puesto en duda el valor de un idioma internacional por la falta de capacidad y resolución de los políticos hacen que haya padres que buscan los libros del profesor de los métodos de idiomas para sacar las soluciones de los tests trimestrales de sus niños matriculados en colegios bilingües. Algunos incluso admiten que son, a su vez, profesores. Profesores que talvez han aprendido el inglés haciendo tests y pidiendo las soluciones para ver en qué porcentaje han acertado o no – nada más.

La obsesión con los títulos conseguidos a todo precio – incluso al de la falsedad y engaño – trastorna una sociedad cuyos miembros activos y preparados para trabajar dejan de ser personas versátiles y creativas,  listas para enfrentarse al peculiar e inesperado de la vida y se convierten en odiosas reflexiones de la compulsión de una etiqueta, llevando siempre el síntoma del cajón en el que voluntariamente se han encasquetado.

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